César Octavio Ramírez, nació en Mexicali, Baja California, en la primavera de 1970, en una tierra extremosa con calores que te derriten la mente y fríos que te calan los huesos. Y justo ahí, bajo techo, ese forjó una imaginación diferente.
Sus influencias literarias fueron cultivadas en el seno de su familiar por educación de sus padres con obras tales como Lobsang Rampa, Azteca y Viajero de Gary Jennings, y la saga de El Caballo de Troya; y, entre otros clásicos El Principito. Incursionó en la música donde descubrió que ese arte también tiene narrativa y permite vislumbrar sentimientos, lugares y sucesos imposibles de apreciar de otra manera.

Incursionó inicios en la literatura llegaron en momentos de crisis al fallecer su padre, pues era aún joven y necesitaba preguntarle cosas y no tenerlo más, escribía e imaginaba que le respondía a través de la pluma. Con los años apareció el amor, y por recomendación de su hermano leyó Los milagros del desprecio de Lope de Vega, obra que le brindo una perspectiva distinta para la vida romántica y con ello una agradable juventud.

Crecer en Mexicali en la década de los 70s y 80s, carente de la tecnología contemporánea permitía una dinámica olvidada en la actualidad, pues al no contar con los recursos informativos o de entretenimiento de hoy en día, las leyendas urbanas y los mitos locales pasaban de amigo en amigo, y estas historias cobraban vida y un nuevo significado con cada plática. Esas charlas fueron la crisálida de lo que a la postre se convertiría en: El Verano del Kûkuí. El Kûkuí, era una palabra que magnetizó la imaginación de Cesar Ramírez, que en palabras del propio escritor refiere: “Me fascinaba la palabra. Ese —uy— al final da miedo solo. El Cucuy era un mito que mis amigos conocían y yo no. Conforme crecí pensé: ¿y si hay algo más serio detrás? ¿Y si está pasando aquí, bajo nuestras narices? Para mí el Cucuy no es solo el coco. El Cucuy es la ausencia de alegría, la ausencia de ilusión, la ausencia de luz. Es el vacío buscando ser llenado con desesperación. Escribir _El Verano del Cucuy_ fue un ejercicio de concentración exhaustivo. Estaba guardado en un rincón de la memoria, mezclado con deseo, inquietud y miedo. Fue corto, pero intenso. Tuve que corregir mucho para dejar una línea narrativa lógica y económica”.
